El hombre ideal
No leas demasiadas novelas románticas, el amor nunca es como en ellas se nos muestra.
— Isabel Paredes
Discutir animosamente sobre la figura de Heathcliff es uno de los mejores momentos que guardo en mi memoria de mis, por otro lado aburridísimos, años de universidad. ¿Alguien puede entender cómo una clase de aproximadamente cincuenta mujeres puede acordar de manera casi taxativa que ese (odioso) personaje es la quintaesencia de la masculinidad? La propuesta que hace de Cumbres borrascosas Andrea Arnold continúa (y aumenta, de alguna forma) la oscura herencia que Emily Brontë dejó de la condición femenina, una de las escritoras inglesas que, junto a Jane Austen, ha retratado el deseo de la mujer con más autocrítica. Sin duda, solo de las arcas de una escritora de gran sagacidad y con ojo avizor podía salir un personaje tan genuinamente atractivo como Heathcliff, un hombre creado con el objetivo de anidar en el corazón de ellas a través de la apelación a aquella burda creencia de que todo lo que la exnovia fastidió, nosotras lo acertaremos.
Inocentes…
Introspección masculina / adoración femenina
La propuesta que de Cumbres borrascosas hace Andrea Arnold es harto atrevida en el aspecto formal, pero altamente tópica en la decisión de poner sobre la figura de Heathcliff el foco de atención. La directora, como les ocurría a mis compañeras de universidad, sienten una inmensa atracción hacia ese hombre maltratado que sufre de amour fou; un hombre salvaje que dispone en su esencia el apasionamiento animal que tan a menudo se tilda de puro. Arnold sigue a Heathcliff en todo el metraje; le acompaña en sus pesquisas y dulcifica sus actos finales privando al espectador de ese inicio de la novela en que Heathcliff, ya tras su regreso, se nos muestra a través de los ojos inocentes de un desconocido que lo juzga por sus maneras y no por su historia de amor trágico. El principio de la novela prepara, en cierto modo, la evolución que el personaje va a experimentar: de joven taciturno a hombre airado consumido en su frustración; pero Arnold apuesta por olvidar esa introducción y colabora a la exaltación del personaje y, por ende, justifica sus comportamientos al posicionarse completamente en su punto de vista.

Conocer a alguien permite entender a esa persona mejor y, en la mayoría de ocasiones, ello nos lleva a sentir un grado mayor de empatía. Conocedora de ello, Andrea Arnold persigue, literalmente, a su Heathcliff, e incluso cuando filma a Catherine lo hace desde la admiración que este siente por la muchacha. La escena en la que ambos cabalgan un caballo y vemos el aire rozando la cara de Cathy está filmada con el deseo de su compañero, con un ensimismamiento que denota amor, preocupación y unión tácita entre ambos. Ciertamente, en la Cumbres borrascosas filmada no hay tanta trama literaria como las sensaciones que un personaje experimenta dentro de la obra, por lo que todo lo que ocurre en la novela se nos filtra en la película a través de los ojos del muchacho. Estamos ante el cine sensorial, lo que conlleva que pasemos de seguir Heathcliff a acompañarle, de entenderle a comprenderle, de tomarle cariño a amarle, y de ahí a justificarle. La falta de perspectiva entela el juicio y por eso podríamos señalar a Andrea Arnold como culpable de haber limado las asperezas éticas de su personaje y de no permitir que el fantasma de Catherine habite la película, como sí hicieron otros grandes personajes femeninos que, a pesar de su fallecimiento, siguieron siendo anhelados por los protagonistas. No es que de la lectura de Emily Brontë no se pueda sonsacar admiración por Heathcliff (ya lo decía al inicio de este texto), pero Arnold, a diferencia de Brontë, apenas ofrece espacio para el entendimiento. La directora apuesta por las emociones descabalgadas, por el apasionamiento del amor como locura; Cumbres borrascosas se alza, como Fish tank, en un ejemplo del egocentrismo adolescente y de lo voluble de sus emociones.
Dos puntos de vista: novelista s. XIX / cineasta s. XXI
Los primeros acercamientos a la historia de Heathcliff y Catherine llegan, con Brontë, a través de una serie de notas a pie de página; su voz, la de Cathy, entresacada de pequeñas anotaciones hechas en una biblia, será la guía de ese amor que vira entre el «incesto», el amour fou, el pragmatismo sentimental y la necrofilia. Andrea Arnold cambia por completo el punto de vista y acalla la voz femenina para acercarse a la masculina, al objeto de admiración de tantísimos lectores de Cumbres borrascosas. Toda la primera parte de la película está centrada en el nacimiento de la relación de los dos jóvenes, pero no a través de acciones de avance para la trama sino de los tiempos muertos que comparten, por lo que el idealismo de esa unión sentimental es ya exacerbado cuando, a media película, el paradigma cambia: Catherine se lesiona en una escapada y debe quedarse una temporada en la casa donde tuvo el accidente. La separación cambiará la escala de valores de la joven y, como las obras de arte de Mr. Darcy (Orgullo y prejuicio, de Jane Austen) hicieron con Elizabeth Bennet, llega el cambio de perspectiva (hacia lo pragmático) en relación al amor.
Andrea Arnold no nos permite conocer la naturaleza del amor que surge entre Catherine y Edgar Linton, solo explora lo maleable del carácter de ese personaje salvaje que es Heathcliff. Con ello acalla la voz de Catherine (que, recordemos, es uno de los pocos personajes que evoluciona en la historia) y explora la rabia contenida del chico. Ahí, en ese punto de inflexión en que la pareja toma caminos separados, es donde el juicio sobre los personajes se torna claramente a favor del muchacho y donde el deseo femenino (entre los espectadores) surge a raudales: el chico al que han roto el corazón es, casi siempre para las féminas, irresistible. En este aspecto, Arnold no es ajena a la creación de personajes masculinos atractivos y dedicó media parte de su Fish tank a ensalzar e idealizar a Connor (Michael Fassbender), a quien teníamos acceso a través de los ojos enamorados de Mia, una adolescente rebelde.
Moldear el deseo
En El viento se llevó lo que se jugaba hasta el absurdo con la influencia que el arte (en este caso el cine) tiene en los comportamientos sociales; en el filme de Agresti llegaba a cotas surrealistas cuando en el pequeño pueblo protagonista llegaban las películas cortadas y remontadas, con la consecuente ilógica que comporta para las interrelaciones de los lugareños. Siguiendo esa estela y acotándolo al tema que nos ocupa, en un artículo publicado en el apartado de moda de El País se recogía el comentario que Chloe Angybal sostiene tras dedicar su tesis al tema de las películas románticas, esto es, que son nocivas para la salud emocional. Lo preocupante de lo que apunta Angybal no es que se juegue con una serie de tópicos que todos conocemos (algo heredado de los cuentos de hadas, no nos engañemos), sino que esos mensajes se filtran, como ella bien dice, en la educación sentimental sin apenas darnos cuenta y moldea nuestros deseos hasta límites insospechados. Ese moldeado, sumado al alejamiento que nos permite el arte, nos lleva a asegurar que lo que vemos es solo-una-película y que, por lo tanto, no-me-afecta porque yo-no-soy-así, cuando en realidad lo que logra es que en la vida real nos enfrentemos a esos clichés con gran tolerancia y de manera acrítica.

Comentaba al inicio de este artículo que todavía a día de hoy me impacta recordar cómo prácticamente cincuenta mujeres se pusieron de acuerdo para alabar las virtudes de un Heathcliff enamorado hasta la médula, mientras dejaban de lado actitudes tan reprochables como la violencia (hacia adultos y niños), la venganza (hacia su amada y hacia su familia) y la falta de escrúpulos que demuestra para salirse con la suya (su comportamiento hacia Isabella Linton es francamente deleznable, así como la locura que le lleva a practicar la necrofilia). Que algunos de esos comportamientos estén «explicados» por los maltratos sufridos no es excusa para ejercer la aproximación al personaje con espíritu crítico y observando todas esas técnicas (el control del punto de vista, el acallar a otros personajes, el hombre misterioso, duro pero capaz de enamorarse sin límites…) que nos llevan a admirar a un personaje que en la actualidad sería tildado de auténtico acosador.
Emily Brontë pone a nuestro alcance las herramientas para que, con un punto de vista maduro y crítico, podamos aproximarnos a los personajes de estos dos románticos Romeo y Julieta que son Heathcliff y Catherine. En cambio, los cuentos, las novelas y las películas nos han formado ya la idea de que la pureza del amor reside en lo impulsivo e irracional y nunca en lo reflexivo, por lo que en demasiadas ocasiones se aceptan como buenas aquellas relaciones apasionadas que acaban por destruir a los individuos. Andrea Arnold entiende a la perfección la naturaleza de ese amor idealista y apasionado que surge durante la adolescencia, por eso opta por otorgar a los protagonistas de Cumbres borrascosas una edad que permita comprender ese tipo de relación, algo que no hicieron otras adaptaciones de la novela. Además, y para acabar de atraer a la realidad adulta las idealizaciones de sus personajes masculinos, tanto en Fish tank como en Cumbres borrascosas muestra, una vez avanzada la trama, sendos puntos negros (ambos, curiosamente, relacionados con el sexo) en esos personajes tan aplaudidos, y ahí es donde cada espectador decide su percepción sobre esos retratos de hombres deseables.
Si nuestra educación sentimental hubiese sido de otra manera, posiblemente en aquella clase de literatura en la universidad no habría surgido la idealización con respecto al personaje de Heathcliff. Pero nuestro imaginario común está lleno de Cenicientas y Julietas, de 90-60-90s y princesas vestidas de blanco; y para conjuntar bien necesitamos a nuestros hombres misteriosos e inalcanzables, aquellos que son tan apasionados que no importa que a veces sean violentos… Por eso, cada día que pasa agradezco a mi madre por el consejo que encabeza este texto; sin duda, y sin saberlo ella, el mejor que me ha dado en su vida.