Random thoughts

Parece que Balabanov va encontrando la forma de hilar su morbosidad extrema con un sentido del humor entre naïf y surrealista. Bravo por él, su Morfina era digna del Sitges más cínico.

No deja de sorprender que en la mayoría de comentarios que se leen por la red sobre la ya oscarizada Bigelow, se hable más de su buena planta que de su filmografía. Incluso entre gente cinéfila. Para que luego me digan que la presión social hacia la mujer –relacionada con su físico- ya no existe.

Aunque no esté de acuerdo, no deja de parecerme interesante el artículo de Lévy sobre el trato de la Historia en el cine. No está de más volver a reflexionar sobre ello de vez en cuando, aunque sea para mantenerse inamovible en la opinión ya forjada. Mi hermano seguro que me llevaría la contraria en esta. Es lo que tiene ser historiador y tener por hermana a una lunática.

Me enamoran cada vez más Ozu y Suwa. Viva el sushi, el sashimi, mi querida Yumiko y ¿Murakami? Va venga, y Murakami.

Detecto en los creadores de Heavy rain una aureola de superioridad al leer que pretenden, no sin cierto tono de autoproclamados salvadores de la industria, abandonar el término videojuego para acercarse al cine a través de un concepto llamado "drama interactivo". En un momento en el que la aproximación entre las dos expresiones se van dando cada vez con más frecuencia en un sinfín de expresiones visuales, estructurales o de sagas adaptadas, me parece estúpido centrar su nueva creación en el guión (supuestamente esa es la característica que han tomado del cine) para olvidarse de algo más propio e interesante del mundo gamer como es la jugabilidad. Para que nos entendamos: le ocurre lo mismo que a Avatar, que de tanto que se centra en su aspecto se olvida de su contenido; pero en este caso al revés. Heavy rain peca de adorarse a sí mismo y llena su trama de sayids*, pero además no permite al jugador controlar a su personaje y sus decisiones de manera práctica. Y no, no es un meta-nada, es un mega wtf.

La próxima pulga verbal que haga será la de “sofista”. Porque ya empezáis a ser muchos los que me dedicáis tal adjetivo. Qué mal lleváis lo de no saber argumentar… :D

*sayids: del personaje del mismo nombre (Sayid) de la serie Lost. Después de proclamar a los cuatro vientos que Lost es la serie de los Deus ex machina, decidí cambiarle el nombre a ese recurso dramático en honor al personaje que en más ocasiones ha ejercido de él en dicha serie. Porque yo lo valgo.

Críticas: Perdidos
Y para acabar este casual monográfico de Perdidos, Miradas ha publicado un especial con artículos muy interesantes sobre la serie que cambió la ficción televisiva. Mi pequeñísima aportación se ha efectuado a través de la revisión de dos capítulos: 1x19: Deus ex machina y 4x9 The shape of things to come. Echad un vistazo a los artículos e id consultando el especial pues se irá actualizando a medida que vaya avanzando la nueva temporada que, por cierto, ya ha empezado.


A Nico
por ser tan tenaz como Locke
y tan humano como Jack

1x19: Deus ex machina

Reconozcámoslo: Perdidos está lleno de golpes bajos y de ases que salen de la manga cual conejo de la chistera, pero tras este episodio las dudas se quedan en un simple ¿y qué? Con la misma confianza ciega con la que un aficionado de la serie sigue a los guionistas, Locke se adentra en la jungla en busca de un avión que ha visto caer en la isla a través de una ensoñación (un recurso de escritura que responde al título del episodio). A sabiendas de que Boone morirá y sin dar importancia a las posibles explicaciones que le serán requeridas (por el lado más científico de los náufragos), Locke sigue las directrices de la isla hasta llegar a una crisis de sus creencias tras no ver recompensado el sacrificio ofrecido. Enfrentado a una escotilla que no puede abrir, será a través de una iluminación como recupere su objeto más preciado: su fe. La isla es a menudo usada como una caja de la que sacar un Dios que todo lo arregla, pero son precisamente esos deus ex machina los que diferencian el mundo real (los flashbacks) del mundo mágico de la isla. Los guionistas de Perdidos entonan un mea culpa muy particular reconociendo el uso de uno de los recursos más detestados en la escritura cinematográfica. Pero aunque las normas (y las convenciones) existen, las reglas están para aprenderlas, aplicarlas y, cuando se es un maestro de ellas, desecharlas.

4x9 The shape of things to come
La autoconciencia que tienen los creadores de Perdidos es una de las bases que más éxitos reporta a la serie. Saber dónde se está, por qué, de qué manera y hacia dónde se quiere ir ayuda a fijar un objetivo además de las técnicas y caminos preferentes para acecharlo. A mediados de la cuarta temporada, con una huelga de guionistas en marcha, la cadena ABC y los creadores de Perdidos decidieron que la serie llegaría a su fin en la sexta temporada. Dicho y hecho con todo lo que ello conlleva, pues a partir de este noveno capítulo la trama se acelera dejando de lado el ensimismamiento que caracterizaba hasta entonces a la serie. Mirar al pasado con los flashbacks quedará en breve desvinculado del presente y lo que interesará será conocer el futuro que lleva al inevitable The end. Los guionistas se ven obligados a darle muerte a su criatura, sabiendo que es lo mejor para ella y buscando que sus últimos suspiros sean en un camino fructífero. Su muerte no es en vano, pues consideran que es necesario para mantener el nivel, para ver cumplido su objetivo; ergo para no desviarse de su destino. Por eso mismo Alex tiene que morir bajo el consentimiento del propio Ben, porque el sacrificio de perder lo que uno mismo ha cr(e/i)ado está sólo al alcance de quienes tienen claras sus metas y están dispuestos a conseguirlas. Y todo queda firmado bajo un título confeso que augura los cambios, y un acto —el de Ben— que simboliza el de los propios creadores hacia la serie. Porque como el propio personaje dice: «las reglas han cambiado».


Reflexiones: "Perdidos" según Edgar Allan Poe

(Artículo publicado en el número 3 de Transit)

En el pasado festival de Sitges, mientras algunos de los redactores de Transit paseábamos por la playa, encontramos en la arena una extraña y añeja botella en la que se ocultaba el quid de una de las series más emblemáticas de la televisión americana actual. Sumergidos como estábamos en debates sobre Perdidos, no pudimos sino recibir aquel manuscrito como lluvia de abril y durante los siguientes meses nos hemos dedicado a descifrar encarecidamente su contenido para ofrecerlo en exclusiva como previa al estreno de la sexta temporada. El contenido de aquel manuscrito no era otra cosa que la bitácora personal de Jack Shephard.


EL ACCIDENTE. Sobre mi país y mi familia tengo poco que decir. Un trato injusto y el paso de los años me han alejado de uno y malquistado con la otra. Mi patrimonio me permitió recibir una educación poco común y una inclinación contemplativa permitió que convirtiera en metódicos los conocimientos diligentemente adquiridos en tempranos estudios. A menudo se me ha reprochado la aridez de mi talento; la falta de imaginación se me ha imputado como un crimen; y el escepticismo de mis opiniones me ha hecho notorio en todo momento. En realidad, temo que una fuerte inclinación por la filosofía física haya teñido mi mente con un error muy común en esta época: hablo de la costumbre de referir sucesos, aun los menos susceptibles de dicha referencia, a los principios de esa disciplina. En definitiva, no creo que nadie haya menos propenso que yo a alejarse de los severos límites de la verdad, dejándose llevar por el ignes fatui de la superstición. Me ha parecido conveniente sentar esta premisa, para que la historia increíble que debo narrar no sea considerada el desvarío de una imaginación desbocada, sino la experiencia auténtica de una mente para quien los ensueños de la fantasía han sido letra muerta y nulidad.

En el año 2001 me embarqué en el aeropuerto de Sídney, en la próspera y populosa isla de Australia, en un viaje de regreso a Estados Unidos. Iba en calidad de pasajero, inducido por una especie de nerviosa inquietud que me acosaba como un espíritu malévolo. Zarpamos apenas impulsados por una leve brisa, y durante muchas horas permanecimos cerca de la costa, sin otro incidente que quebrara la monotonía de nuestro curso que el ocasional encuentro entre pasajeros.

Nos encontrábamos descansando, cuando un repentino grito de mi compañero resonó horriblemente. "¡Mire, mire!" exclamó, chillando junto a mi oído, "¡Dios Todopoderoso! ¡Mire! ¡Mire!". Mientras hablaba percibí el resplandor de una luz mortecina y rojiza que recorría los costados del inmenso abismo en que nos encontrábamos, arrojando cierto brillo sobre nuestras caras. Al levantar la mirada, contemplé un espectáculo que me heló la sangre. Directamente encima de nosotros, causando más asombro y estupefacción, vimos, en medio de ese mar sobrenatural y de ese huracán ingobernable, cómo la nave se estremeció, vaciló y... se precipitó hacia el mar. En ese instante no sé qué repentino dominio de mí mismo surgió de mi espíritu y esperé sin temor la catástrofe. Nuestro propio avión había abandonado por fin la lucha y se hundía en el mar.

Instantes después se desplomó sobre nosotros un furioso mar de espuma que, pasando sobre el avión, barrió la playa. La extrema violencia de la ráfaga fue, en gran medida, la salvación del avión. Aunque totalmente cubierto por el agua, después de un minuto me enderecé pesadamente y salí a la superficie no sin vacilar algunos instantes bajo la presión del accidente.

Me resultaría imposible explicar qué milagro me salvó de la destrucción. Aturdido por el choque del agua, al volver en mí me encontré estrujado entre los restos de la nave. Me puse de pie con gran dificultad e instantes después oí la voz de un pasajero que había embarcado poco antes de que el avión saliera. Lo llamé con todas mis fuerzas y al rato se me acercó tambaleante. No tardamos en descubrir que los que estábamos éramos los únicos sobrevivientes. Con excepción de nosotros, las olas acababan de barrer con todo; el capitán y los oficiales debían de haber muerto.


LA ESTANCIA EN LA ISLA. Una tarde vi hacia el noroeste una nube muy singular y aislada. Era notable, no solo por su color, sino por ser el primer movimiento que veíamos desde nuestra partida de Australia. La observé con atención cuando de repente se extendió hacia este y oeste, ciñendo el horizonte con una angosta franja de vapor y adquiriendo la forma de la larga línea de playa. Pronto atrajo mi atención la coloración de un tono oscuro y la extraña apariencia del mar. Entonces el aire se puso intolerablemente caluroso y cargado de exhalaciones en espiral, similares a las que surgen del hierro al rojo. A medida que fue cayendo la noche, desapareció todo vestigio de brisa y resultaba imposible concebir una calma mayor. En el campamento ardía una hoguera sin el más imperceptible movimiento, sin embargo, les dije a todos que no percibía indicación alguna de peligro. Yo estaba sobrecogido por un mal presentimiento. En verdad, todas las apariencias me advertían de la inminencia de una catástrofe. Transmití mis temores a Locke, pero él no prestó atención a mis palabras y se alejó sin dignarse a responderme. Murmuraba en voz baja como hablando consigo mismo, pronunciaba palabras entrecortadas y empezó a tantear una pila de instrumentos de aspecto singular que había en un rincón. Su actitud era una extraña mezcla de la terquedad de la segunda infancia y la solemne dignidad de un Dios. Sin embargo, mi inquietud me impedía dormir y alrededor de medianoche me adentré en la selva. Al introducir el pie en ella me sobresaltó un ruido fuerte e intenso, semejante al producido por el giro veloz de la rueda de un molino, y antes de que pudiera averiguar su significado, percibí una vibración en el centro de la isla.

Durante cinco días y noches completos nuestro único alimento consistió en una pequeña cantidad de peces que trabajosamente logramos procurarnos. Al quinto día el calor era intenso, pese a que el viento había girado un punto hacia el norte. Alrededor de mediodía -aproximadamente, porque sólo podíamos adivinar la hora- volvió a llamarnos la atención la apariencia de la isla. Irradiaba lo que con propiedad podríamos llamar un resplandor opaco y lúgubre, sin reflejos. Esperamos la llegada del sexto día. A partir de aquel momento quedamos sumidos en una profunda oscuridad existencial, hasta tal punto que no hubiéramos podido distinguir la realidad del sueño. La noche eterna continuó envolviéndonos, ni siquiera atenuada por la fosforescencia brillante del mar. También observamos que, aunque la isla continuaba rugiendo con interminable violencia, ya no conservaba su apariencia habitual. A nuestro alrededor todo era espanto, profunda oscuridad y un negro y sofocante ambiente salvaje. Un terror supersticioso fue creciendo en el espíritu del viejo Locke, y mi propia alma estaba envuelta en un silencioso asombro. Abandonamos todo intento de encontrar ayuda, por considerarlo inútil, y nos aseguramos lo mejor posible en la base del campamento de la playa, clavando con amargura la mirada en el océano inmenso. No habría manera de calcular el tiempo ni de prever nuestra posición. Cada instante amenazaba con ser el último de nuestras vidas... Peligros enormes como montañas se precipitaban para abatirnos. Lo que allí sucedía sobrepasaba todo lo que yo hubiera imaginado, y fue un milagro que no muriéramos instantáneamente. Locke me hablaba de la liviandad de nuestro campamento y me recordaba las excelentes cualidades de la escotilla; pero yo no podía por menos que sentir la absoluta inutilidad de la esperanza misma, y me preparaba melancólicamente para una muerte que, en mi opinión, nada podía demorar ya más, porque con cada presencia del humo negro y tenebroso, todo adquiría más violencia. Por momentos jadeábamos para respirar, elevados a una altura superior a la del albatros... y otras veces nos mareaba la velocidad de nuestro descenso a un infierno donde el aire se estancaba y ningún sonido turbaba el sopor.

Ha ocurrido un incidente que me proporciona nuevos motivos de meditación: los otros me han secuestrado. ¿Ocurren estas cosas por fuerza de un azar sin gobierno? Últimamente he hecho muchas observaciones sobre la estructura de la isla. Alcanzo a percibir con facilidad lo que no es, pero me temo no poder afirmar lo que es. Ignoro porqué, pero al observar su extrañeza, su tamaño, sus selvas y montañas, de repente cruza por mi mente una sensación de cosas familiares y con esas sombras imprecisas del recuerdo siempre se mezcla la memoria de viejas experiencias de épocas remotas.

He visto a Ben cara a cara. Aunque para un observador casual no haya en su apariencia nada que puede diferenciarlo, en más o en menos, de un hombre común, al asombro con que lo contemplé se mezcló un sentimiento de incontenible reverencia y respeto. La singularidad de la expresión que reina en su rostro... es la intensa, la maravillosa, la emocionada evidencia de una vejez tan absoluta, tan extrema, lo que excita en mi espíritu una sensación... un sentimiento inefable. Su frente, aunque poco arrugada, parece soportar el sello de una miríada de años, sus ojos muestran una historia del pasado a la vez que sibilas del futuro.


EL ABANDONO. Desbocada por los viajes en el tiempo, la isla ha continuado su aterradora carrera hundiendo a cada instante a sus inquilinos en el más espantoso infierno que pueda concebir la mente de un hombre. Acabo de abandonarla, pero me resulta imposible mantenerme en pie, pese a que creo que los que quedaron experimentarán pocos inconvenientes. Se me antoja un milagro de milagros que nuestro helicóptero no fuese definitivamente devorado por el mar. Sin duda estamos condenados a flotar indefinidamente al borde de la eternidad sin precipitarnos por fin en el abismo. Todo me lleva a atribuir esta continua huida del desastre a la única causa natural que puede producir ese efecto. Debo suponer que la isla navega dentro de la influencia de una corriente poderosa, o de un impetuoso poder de fondo.

Un sentimiento que no puedo definir se ha posesionado de mi alma; es una sensación que no admite análisis, frente a la cual las experiencias de épocas pasadas resultan inadecuadas y cuya clave, me temo, no me será ofrecida por el futuro. Para una mente como la mía, esta última consideración es una tortura. Sé que nunca, nunca, me daré por satisfecho con respecto a la naturaleza de mis conceptos. Y, sin embargo, no debe asombrarme que esos conceptos sean indefinidos, puesto que tienen su origen en fuentes totalmente nuevas. Un nuevo sentido... una nueva entidad se incorpora a mí. Debo volver.


EL REGRESO. En el momento en que regresé supuse que la consiguiente confusión de nuestra llegada había impedido que los otros repararan en mi presencia. Me dirigí sin dificultad y sin ser visto hasta la casa principal, que se encontraba parcialmente abierta y pronto encontré la oportunidad de ocultarme. No podría explicar porqué lo hice. Tal vez el principal motivo haya sido la indefinible sensación de temor que, desde el primer instante, me provocaron los habitantes. No estaba dispuesto a confiarme a personas que a primera vista me producían una vaga extrañeza, duda y aprensión. Por lo tanto consideré conveniente pasar desapercibido, aunque hace una hora tuve la osadía de mezclarme con un grupo de otros y no me prestaron la menor atención aunque estaba parado en medio de todos ellos. Parecían absolutamente ignorantes de mi presencia.

Hace ya mucho tiempo que recorrí la isla y creo que los rayos de mi destino se están concentrando en un foco. ¡Qué hombres incomprensibles! Envueltos en meditaciones cuya especie no alcanzo a adivinar, pasan a mi lado sin percibir mi presencia. Ocultarme sería una locura, porque esta gente no quiere ver. Hace pocos minutos pasé directamente frente a los ojos de Horace; no hace mucho que me aventuré a entrar en la casa de Sawyer, donde tomé los elementos con que ahora escribo y he escrito lo anterior. De vez en cuando continuaré escribiendo este diario. Es posible que no pueda encontrar la oportunidad de darlo a conocer al mundo, pero trataré de lograrlo. En el último momento, introduciré el mensaje en una botella y la arrojaré al mar.

La isla y todo su contenido está impregnado por el espíritu de la “vejez”. Los habitantes se deslizan de aquí para allá como fantasmas de siglos ya enterrados; sus miradas reflejan inquietud y ansiedad, y cuando el extraño resplandor de las linternas de combate ilumina sus dedos, siento lo que no he sentido nunca.

Presumo que es absolutamente imposible concebir el horror de mis sensaciones; sin embargo, la curiosidad por penetrar en los misterios de estas regiones horribles predomina sobre mi desesperación y me reconciliará con la más odiosa apariencia de la muerte. Es evidente que nos precipitamos hacia algún conocimiento apasionante, un secreto imposible de compartir, cuyo descubrimiento lleva en sí la destrucción. Tal vez esto nos conduzca hacia el mismo sí de la existencia. Debo confesar que una suposición en apariencia tan extravagante tiene todas las probabilidades a su favor. Los habitantes recorren el campamento con pasos inquietos y trémulos; pero en sus semblantes la ansiedad de la esperanza supera a la apatía de la desesperación.

Mientras tanto, seguimos con nuestro plan y llevamos la bomba a su destino. ¡Oh, horror de horrores! De repente Sawyer, Juliet y Kate se abren a derecha e izquierda y paramos vertiginosamente. ¡Pero me queda poco tiempo para meditar en mi destino! Los círculos se estrechan con rapidez..., nos precipitamos furiosamente en la vorágine... y entre el rugir, el aullar y el atronar de la isla y sus habitantes... ¡Oh, Dios...! ¡Todo se hunde…!

*Este texto ha sido realizado en base al relato de Edgar Allan Poe “Manuscrito hallado en una botella”, a partir de la edición que se puede leer en la web Ciudad Seva. Los (pocos) cambios realizados se marcan con una cursiva y la composición del artículo se ha llevado a cabo a través de fragmentos seleccionados del citado relato.

Crítica: The box
Texto publicado originariamente en el número 3 de Transit, ya online.

El neo-pecado
no-original

No deja de ser sorprendente la inmediatez con la que actualmente somos capaces de cubrir necesidades básicas mediante el click de un botón. En un minuto podemos tener nuestros alimentos preparados; con un gesto de dedo, nos (mal)informamos y entretenemos con el televisor al mismo tiempo que salvamos distancias familiares a través de un teléfono. Acostumbrados como estamos al ipso facto, abrumados por la comodidad que supone y agradecidos por el generoso ahorro de tiempo que eso nos reporta, a veces fallamos en reflexionar sobre las causas y entresijos que permiten esa velocidad. Nos ocurre, por ejemplo, al comprar unas zapatillas [insert brand here] de última moda a pesar de que en la puerta de la tienda alguien pretende hacerte saber que esa empresa utiliza infantes en sus fábricas para abaratar costes de producción.

En The box (Richard Kelly, 2009) el planteamiento inicial gira alrededor de cuestionarse las facilidades de nuestros días, y lo hace mediante la explicación de sus consecuencias, algo que no suele ocurrir en la vida real pero que de suceder llamaría directamente a la puerta de nuestras conciencias. Personajes normales en situaciones extraordinarias dando rienda suelta a las obsesiones de un director que repite premisas en un ejemplo disfrazado del eterno retorno nietzscheano. Norma y Arthur tienen al alcance de su mano la solución aparente a todos sus problemas y es tal la comodidad y facilidad ofrecida que, pese a saber que la consecuencia será la muerte de una persona, ella acaba por rendirse a la tentación (importante el aura bíblica que acompañará la trama durante toda la película).

La estructura de repetición con la que se presenta la historia del botón (la opción de pulsarlo será ofrecida invariable e incesantemente a otras parejas) puede llevarnos a aventurar que obedece a la forma de una espiral, pero al añadirle la importancia de la conciencia y de la toma de responsabilidades nos desvela que Kelly cierra la estructura y la convierte en cíclica: Norma acaba muriendo como consecuencia de haber pulsado ese botón. Es decir, la persona que tenía que morir, esa a la que no conoce según le asegura el inquietante y lynchiano Arlington Stewart, no es un ser hipotético, sino el lado macabro e inconsciente de su propio yo, la Norma alejada de la ternura y bondad que desprende durante toda la película. Como ocurría en su debut, Donnie Darko (Richard Kelly, 1999), el director ofrece el suicidio como irremediable solución para salvar a los seres queridos de su personaje (o a la humanidad) y, a la vez, como única y auténtica redención para el protagonista; algo que se encuentra también en Southland tales (Richard Kelly, 2006) resumido en las líneas que ponen fin a tan apocalíptico film, extraídas del poema Los hombres vanos (T.S. Elliot, 1925): “This is the way the world ends / not with a whimper but a bang. Norma es testada (como en su día lo fue Eva con una manzana) y al suspender la prueba es conducida a un suicidio para reinventar la historia bíblica y hacer que, esta vez sí, Adán pueda volver a entrar en el Paraíso mediante una extraña arca alienígena liderada por un hombre resucitado, Arlington Stewart.

En el momento de la prueba en la biblioteca, Arthur es llamado a elegir entre tres columnas de agua (porque en las películas de Kelly el agua es siempre símbolo de destino a seguir) que ejercen de colofón ceremonial a un acto que bien puede recordar al del bautismo a nivel metafórico o a las aventuras gráficas en su parte más estructural. Tras su elección, y ya de vuelta a la acuosa placenta que simboliza su renacimiento, Arthur debe salvarse a sí mismo (1) del mismo modo que Norma debe quitarse del camino. “Este es el Purgatorio”, se nos dice; y Arthur tiene su destino en Marte (o en su Edén soñado) mientras su esposa arderá en el infierno -como ya se nos avisaba en la escena de la clase en la que, a través del paralelismo con A puerta cerrada (Sartre, 1944), se nos presenta a Norma como una nueva Estelle (2).

Si bien el punto de partida de The box es un relato corto (Button, button; 1970), Kelly abandona rápidamente el relato de Matheson para acercarse -sin ocultarlo- al infierno de la obra de Sartre. Es a través de este modus operandi de entrelazados culturales cómo el joven director enlaza sus tramas y las agranda haciendo uso de una de las premisas de la posmodernidad: la mezcla. Kelly cuece una historia de ciencia ficción con sabor añejo que tiene como ingrediente incómodo unas interpretaciones de cartón-piedra semejantes a las que hicieron de El incidente (The happening, M. Night Shyamalan, 2008) el supuesto bluff del 2009 y le añade una pizca de literatura, otra de teorías científicas, otra de hechos históricos y una de reinvención de algunos mitos religiosos para conseguir un acabado compacto y maduro que, como viene siendo habitual en su obra, se encontrará con el latigazo de la incomprensión del público y buena parte de la crítica.

(1) En el momento en el que el señor Cars, víctima previa de la historia de la caja, consigue hablar con Arthur y le explica que tuvo que escoger entre su mujer y su hija, le aconseja a nuestro particular Adán, literalmente, “sálvese usted”.

(2) El alumno de Norma define al personaje de Estelle con las siguientes palabras “se prostituyó por dinero y mató a su bebé”, en lo que funciona como alegoría para Norma. Añadimos que Estelle induce a su amante a suicidarse como, paradójicamente, le ocurrirá a Norma siendo ella la víctima de un suicidio no autoconsumado.

Crítica: Resident evil, degeneration

Resident evil: advent zombies

La gran publicidad y favor mediático que le hace a una película llevar en su título el nombre de una obra famosa ejerce de arma de doble filo al toparse de bruces con el conocimiento y aprecio popular. La desilusión propia de quien pretende encontrar en pantalla una copia a lo que fue su experiencia con dicha obra marca un halo de altas expectativas antes de poder ver la película y de grandes frustraciones después de hacerlo. A sabiendas de esa tendencia tan humana como prescindible, intenté dejar de lado toda clase de esperanza o ilusión cuando cayó en mis manos la última película bajo el nombre Resident Evil, esta vez en CGI, bajo producción japonesa y con el título Degeneration.


Lo inevitable del asunto, e intentando no caer en lo fácilmente criticable que resultaría hacer un tímido análisis de la película, es pararse a pensar en que más allá del tema económico (obviamente sacar un film con el título de una saga archiconocida entre los gamers garantiza cierto éxito) la única razón mínimamente interesante para realizar Resident evil: degeneration pasa por convertirla en un escaparate gratuito de las mejoras en el mundo de los CGI, como ya ocurrió con el primer intento de basar una película de animación en un videojuego: Final Fantasy: la fuerza interior. Digo “gratuito” porque cualquier atisbo de adaptación del mundo consolero queda renegado a segunda línea; cualquier aproximación a la saga queda acallado con la aparición de los personajes y unos cuantos zombies; y cualquier intento de convertirse en una película interesante se pierde ante la masterclass visual del asunto, dejando al film en pañales ante la posible no sensibilidad del espectador por el mundo de los avances tecnológicos y, por ende, extirpando a la película de poder envejecer como los buenos vinos.


Por suerte Resident evil:degeneration se acerca al videojuego mucho más que la saga protagonizada por Milla Jovovich pero aún así se echan en falta algunos elementos que convertirían la película en algo más que una decente adaptación del juego. No es posible negar que el inicio en el aeropuerto y la batalla final fusionan el yo-espectador con el yo-jugador, el vouyerismo con la interacción a través de unas secuencias de acción que combinan las cámaras típicas del cine con la visión consolera de los personajes (plano general con los personajes de espaldas, por ejemplo) pero todo el centro de la trama achica ese mérito al entrar en extensas explicaciones sobre los nuevos personajes, engrosando la historia sin usar algo que sería más típico de la estructura de videojuego: una de cal y una de arena. El problema de Resident Evil: degeneration reside en que más allá de intentar fusionar cine con videojuego se queda en un producto que es película durante la mitad de su duración y juego en el otro cincuenta por ciento. De esta forma no consigue ni redondear lo excitante de la propuesta como película de terror/acción subgénero zombie, ni contentar a quienes disfrutaron con los juegos. Claro está que a los fans más incondicionales el simple hecho de ver a Umbrella reaparecer les servirá como clavo ardiendo para defender esta nueva propuesta, pero al espectador de cine que busque algo más que ver retratados unos personajes ya conocidos del mundo del videojuego le resultará un intento fallido más de la enorme lista engrosada por las adaptaciones cinematográficas de videojuegos. Por mi parte, y previendo que aún queda mucho cartucho por quemar de esta saga, propongo un título para la siguiente parte: Resident Evil: Advent zombies. Así cómo mínimo sabremos a qué atenernos.