La experiencia me deparó varias paradas que, aún siendo de tránsito común para la mayoría de espectadores, a mí me hizo sentirme como una turista del mundo de los multisalas. No es necesario decir que son pocas las ocasiones en las que acudo al cine para ver una película que no sea en su versión original –y ahí ando harto cabezota sólo dando mi brazo a torcer cuando consigo negociar con mis amigos que si vemos TAL doblada, TAL CUAL será en VOSE-, pero hay películas que o bien no tiene distribución en las salas minoritarias de versión original o, simplemente, apetece disfrutar con un sonido que sea algo más potente que el que disponen en estos cines. Así me fui a ver la última de Emmerich en un multisala de mi ciudad y me encontré de bruces con un espectáculo cirquense que (y juro que no es ironía) hizo mis delicias. Porque seré franca: lo que más me interesó de la película fueron los audiocomentarios del pequeñajo de la fila de atrás que, con dos o tres añitos que debía contar, no paraba de preguntar el porqué de todo (como hacía Monzó) y ofrecer posibles respuestas, absolutamente inventivas, a sus propias preguntas. A media película, además, disfruté de otro renacuajo que subía y bajaba las escaleras de la sala harto aburrido ante tal desmadre de película de catástrofes. Los padres, nerviosos porque el pequeño molestara a los otros espectadores, decidieron plantarse en las primeras filas mientras el niño jugaba con las butacas. Y yo, absorta, no paraba de plantearme qué era lo que había llevado a esos padres a llevar a su hijo a tal película.
Recuerdo las primeras palabras que me hicieron saber que había ocurrido algo grave en las Torres Gemelas de Nueva York: “Parece una película”. Mi hermano entró en la cocina para anunciar al resto de la familia lo que acaba de ocurrir con esas precisas palabras y una sonrisa entre atolondrada y nerviosa. La línea que separa la realidad de la ficción es cada vez menor. Vemos muertes en el cine y en los telediarios; vemos violencia en las series y en los programas de actualidad; vemos insultos en las películas y en las franjas infantiles de la televisión. Pero ayer se me encogía el corazón al ver que aquellos padres se olvidaban de que quizás una película de dos horas y media, sobre catástrofes y apocalipsis, un lunes noche, no era la mejor opción de ocio para sus hijos. Empezando por su duración (ya es complejo sentar a un niño a ver un filme de hora y media), siguiendo por el horario nocturno y siguiendo por la historia del filme. Oyendo al pequeño preguntar por qué el humo perseguía al avión, o por qué el señor negro mayor estaba llorando (al enterarse de que su amigo había llamado demasiado tarde a su hijo para disculparse) no paraba de plantearme lo difícil que resulta la educación de un niño y cuán inconscientes somos al creer que o no se enteran de nada o se olvidarán de lo que ven. Hasta hace dos semanas no fui capaz de ver Poltergeist porque de pequeña vi a Carol Anne enfrente del televisor diciendo “Ya están aquí” y me quedé tan impactada que incluso hoy, con 27 años a mis espaldas, se me ponen los pelos de punta al recordarlo. Los niños se enteran de las cosas, no nos engañemos (¿verdad, Mar?) y pensar que si no entienden algo es bueno, es ser un irresponsable porque precisamente de la falta de entendimiento nacen los fantasmas. Sí, me gusta la sangre en el cine. Sí, aguanto la violencia física en una película aunque la psicológica no tanto; pero creo que es importante que hagamos el esfuerzo de separar lo que es ficción de lo que no lo es. Un accidente de coche en la autopista de entrada a nuestra ciudad ES real. Detrás de ese momento de morbosidad al querer mirar lo-que-sea-que-haya-para-ver hay una familia que acaba de perder a un ser querido. Hay unos amigos que echarán siempre de menos a uno de los suyos. Hay una vida (cuando no más) que ha acabado. Si no empezamos a ser conscientes de ello, nos dejarán de afectar las cosas hasta tal punto que el propio cine dejará de tener sentido. El arte morirá al no tener público al que emocionar. Nosotros moriremos como seres humanos y habremos vuelto a nuestro estado más puro: el de animales.
No quiero ser aguafiestas pero quizás todo eso está más cercano de lo que parece. Al fin y al cabo ya hay gente que es incapaz de emocionarse con Rutger Hauer o con Charlot. Porque gracias al cine y a la capacidad de emocionarnos, nosotros también hemos visto cosas que nadie creería. Hemos visto atacar naves en llamas más allá de Orión. Hemos visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Y si seguimos así, todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Y esa sería la hora de morir. Nosotros y el cine.







